¿Debemos “premiar” la conducta de los niños?

Los premios son recompensas que ofrecen los adultos a los niños por su buen comportamiento.
Con los premios se consigue que los niños hagan aquello que un adulto considera una conducta deseada, sin tomar consciencia del beneficio de aquello que están haciendo, pues lo que resalta para los niños no es lo que hacen, sino lo que consiguen haciéndolo.

 Seguro les ha pasado que conocen a algún padre o maestro que le guste premiar las conductas de sus niños con caritas, dulces, stickers o calcomanías, es la manera en la que le demuestran al niño lo orgulloso que están acerca de esa conducta.

 Esto me hace recordar a un estudiante que cuando cambió de colegio, su nueva maestra le hacía caritas diariamente en un cuaderno para que sus  padres supieran cómo se portaba. Y es por por esto que me gustaría recordar que, el colegio es para aprender, para pasarla bien y ser niños. 

Una conducta no puede definir el resto del día de un niño. Hay tantas cosas que pudo vivenciar ese día en la escuela que son tan importantes y que una carita no lo puede transmitir. Por ejemplo; escribió su nombre completo por primera vez,  se dibujó a él mismo con muchos detalles o ayudó a un compañero a resolver un problema. 

Estas caritas solo informan acerca de una conducta en específica, y si nos ponemos a analizar, si un niño pasa aproximadamente seis horas en el colegio, ¿cómo es posible que tenga una simple y poca cosa que una cara triste?, ¿acaso estuvo mal las seis horas, no se divirtió, no participó, no estuvo riéndose con sus compañeros, estuvo triste, estuvo molesto, se peleó con algún amigo, estuvo rebelde?, ¿qué es lo que quiere decir una cara triste?.

¿Qué quiere decir la cara feliz?… Que te obedeció en todo, que no cuestionó ningún de tus comentarios, que realmente estuvo feliz?…

Esto de los premios, las caritas, los colores del semáforo y los stickers es un tema muy complejo, son decisiones personales de hacer una recompensa de manera subjetiva.

Recuerdo que la mamá de mi ex alumno me contaba que el primer día de clases llegó con una carita feliz, el estaba sumamente contento, al pasar de los días empezó a llegar con caritas tristes, los primeros días parecía no importarle… Pero al pasar del tiempo llegaba sumamente apenado, frustrado y tratando de ocultar la carita. Al preguntarle por qué había recibido esa carita, el respondía con un simple: “me porté mal”, al preguntarle “¿qué hiciste?”, el no sabía la respuesta, simplemente no tenía idea de por qué recibió esa carita.

Otro recuerdo que tengo, es cuando le pedí el favor a uno de mis nuevos estudiantes (que apenas me conocía) que por favor recogiera unas cosas que estaban en el suelo. El me respondió de esta forma: ”Ya la otra maestra me dio un caramelo, no quiero recogerlo.”

Con estos dos ejemplos, es evidente que el uso de estos métodos de  premiar conductas con chucherías (golosinas), caritas y stickers, no hacen mas que dañar al niño. Ya que debido a este tipo de recompensas el niño no toma consciencia de sus acciones y sólo modifica la conducta por un período corto de tiempo pero no se producen cambios duraderos en actitudes o comportamientos.

Los efectos que producen duran mientras existe la recompensa, que es la que motiva el comportamiento buscado.

Si no hay premio, el niño pierde la motivación de actuar “bien” y vuelve a comportarse tal y como lo hacía antes de recibir los premios (“antes me esforzaba por hacerlo y me dabas un premio. Ahora que no me das premio, ¿para qué esforzarme?”).

 Los niños deben tener una motivación espontánea, que provenga desde lo más profundo de su ser, que les permita tener las ganas suficientes para lograr algo por ellos mismos y no para satisfacer al otro. Deben comprender poco a poco, que hay ciertas acciones que pueden ser peligrosas y los pueden exponer a ellos mismos o a los demás, y es por esta razón que las evitamos.

No es necesario recompensar con dulces o juguetes cuando un niño evita una situación de riesgo o cuando un niño recoge las cosas por si solo. Lo que si es recomendado, es reconocer sus esfuerzos y decirle: “Tu cuarto quedó muy ordenado, ahora vas a poder encontrar tus juguetes fácilmente” o “Gracias por haberme ayudado a recoger los platos después de la cena”. La clave de una crianza con amor y respeto es comunicarnos abiertamente con los niños y dialogar, de manera que los ayudemos a comprender el por qué de las cosas.

Raquel Roa 

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